Cita

Mario Arteca: “Alejarse de los géneros es oxigenar la literatura”

“Tres impresiones”, nuevo volumen que reúne tres libros de la extensa producción de Mario Arteca, funciona como un catálogo que despliega nociones, procedimientos y conceptos en torno a la relación de la mirada crítica con la obra de arte, estableciendo su campo de visión en la vanguardia experimental de los años 60.

Publicado por Añosluz, el volumen presenta tres libros -“La impresión de un folleto”, “Hexágono y Diagonal” y “Nuevas impresiones”-, conectados por un hilo temático que condensa sentidos sobre los vínculos entre el observador, la obra, el crítico y el artista, en relación a la experiencia de mirar, leer y escribir.

Arteca (La Plata, 1960) publicó “Guatambú”, “Bestiario búlgaro”, “Cinco por uno” y “Horno”, entre muchos otros libros.

– Télam: El denominador común de los poemas es la relación del crítico con la obra, pero no tanto en cuanto a las temáticas, sino en torno a la experiencia de mirar.

– Mario Arteca: Sí, se trata de la experiencia de mirar, pero también la de escribir. Cada vez estoy más convencido de que escribir es extraer una parte de un monólogo silencioso, el nuestro, mezclado con la facultad de potenciar la ficción como manera de promover un discurso lírico, o no, por fuera de la resistencia a cambiar de lecturas. Quienes les interesan las artes plásticas suponen su procedimiento, no tanto técnico, sino medular, desde los albores de una primera impresión, que como bien apuntás, es simplemente ver: el choque del ojo con la oportunidad de formular asociaciones que antes estaban dormidas. La otra impresión, es decir la segunda, se transformará en escritura y luego en libro, con suerte.

– T: A través de la observación de cuadros, instalaciones, performances, la voz de los poemas (que no es una sola) va definiendo, también, un clima de época: ¿es este el de la vanguardia artística de los 60, sus límites y su influencia cultural?

– M.A.: Cuando era adolescente me gustaba volver, tanto desde el arte, la moda o el cine, a esa época que surge irrepetible. En la casa de mis viejos había muchas enciclopedias donde se circunscribía historiográficamente todo lo que rodeaba el fin de los 50 y toda la década posterior, y yo podía ahí hacer ese trabajo que después intentaría llevar adelante con la escritura: seleccionar imágenes, recortarlas para que aparezcan fuera de un contexto, como si funcionaran sin sentido previo. El cine también formó parte de ese archivo mental, que fue inoculando de a poco una escenografía de época que a mí me interesaba acomodar como una estética personal. Me gusta tanto lo bello como su residuo. Lo que también me interesó es que esa mirada se replicara en algún libro. Me di cuenta que cierta dosis de ambigüedad y mezcla me podían llevar a puntos cercanos, a la mirada sobre objetos que por sí mismos se me venían encima, pero que aún, en aquel momento, no sabía de qué manera darle un cauce.

– T: Tu poesía, no solo en este volumen, se sirve de materiales literarios, críticos, ensayísticos, periodísticos, técnicos y políticos. ¿Será por esto que tu obra suele ser etiquetada como “inclasificable”? ¿La distancia de los géneros te sirve para configurar tu poética?

– M.A.: A eso me refería cuando apuntaba a los residuos, o la resaca. Desde lo etimológico, esas dos palabras se direccionan hacia la idea de desecho, lo que sobra, el lastre de un peso mínimo. Sin embargo, desde las vanguardias artísticas de los años veinte (sobre todo en la obra de Duchamp), esa noción residual es el plus de sentido que se vino construyendo. ¿Sino cómo analizamos las obras de arte pop, Warhol, Rasuchenberg, Lichtenstein, Segal, o en Argentina, Aizenberg, Polesello, Macchió, Noé, Vigo? Esa idea perfecta de “la distancia de los géneros” es lo que ubica mucha de la poesía que se sigue escribiendo. Alejarse de los géneros es oxigenar la literatura. Sostengo que aquello que se aleja de la poesía “tal como la concebimos” es un material que no se debe descartar. Que parezca lo que es no significa que lo sea, y viceversa. Es lo que Ashbery llama el “ámbito”, calculo que se refiere al “clima” armado por los poemas. Siempre encuentro en algún renglón de un ensayo, de una noticia (trabajo de periodista), de un catálogo y del discurso político salidas para destrabar la comezón de las estructuras. No sé si lo pude lograr, pero ese es mi camino.

– T: El o los sentidos, en tu obra, nunca suelen agotarse en el poema. Es como que cada texto iluminara una zona diferente. En esa línea, ¿te interesa pensar tu poesía como un proyecto en construcción?

– M.A.: Más que construcción, como una instancia de transformación del mecanismo de la escritura. Creo que cada libro mío es una introducción a probar nuevas maneras de interesar el sentido. Es un objetivo muy amplio, y hasta pretencioso, pero queda en cada lector saber si eso se da de manera patente. Escribir no es una fórmula, pero lo cierto es cada vez que pienso en un libro por momentos me olvido de los anteriores. Pasé por momentos muy fragmentarios como en “Guatambú” o de experiencia directa con los procedimientos y los recursos del habla del otro, como se da en la reedición de estos tres libros aglutinados en “Tres impresiones”, o con la experiencia del verso largo, por momentos excesivos, como en “Géminis” o “Nevermore”, y en cada uno percibo que hay una distancia entre ellos, no porque no se reconozcan, sino porque funcionan como diálogos aparte de la matriz, que siempre es cambiante. Uno nunca debe saber cuándo vuelve a dar una vuelta de tuerca a su forma de trabajar, de lo contrario haríamos una poesía calcificada.

– T: En tu poesía se pone de relieve la pregunta por los elementos que constituyen lo real. ¿Si tu obra es compleja es porque no hay una respuesta simple ante lo que entendemos como realidad?

– M.A.: La realidad sí que es una construcción, colectiva y personal. Y en literatura, de esa construcción se encarga la ficción. Claro que la pregunta refiere a los componentes de la realidad en mi trabajo. A veces pienso que aquello que llamamos “realidad” en mis textos se muestra esparcido, como si fuera una respuesta a cierta dispersión cotidiana de los elementos. Pero siempre aparece lo que lo unifica todo, y en mi caso, tal vez me equivoque, los textos devuelven la certeza de que todo no puede ser unificado y distribuido como un discurso único que nos obligue a exhibir soluciones ante enigmas diarios. Cuando se escribe se va indagando, casi inesperadamente, sobre todo lo que compone nuestra cabeza, nuestras sensaciones, y siempre se descubre algún resquicio por donde lo real propone esa mirada múltiple que creíamos separada de nosotros. Claro que lo real es complejo; la escritura responde a ese grado de dificultad.

Entrevista publicada el 21/12/2017

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