Cita

Tres impresiones (de la obra de Mario Arteca)

Leer por primera vez

Quienes acostumbramos a leer poesía de forma periódica nos encontramos, muchas veces, con propuestas estéticas interesantes que, sin embargo, pertenecen al universo preestablecido de lo correcto: lo que entendemos que es bueno porque así nos convencieron que es. Lo que, una vez leído, aceptamos como bueno por condiciones formales que hacen, con diversos recursos, funcionar al poema. Pero algunas veces (las mejores) una obra llega para derribar nociones y empezar de cero: el proceso de lectura, entonces, es una experiencia reveladora de sentido o de múltiples sentidos. El efecto es el de leer por primera vez. Esto es lo que sucede con la poesía de Mario Arteca, que ahora está presentado sus Tres impresiones, un contundente trabajo que reúne muchos años de escritura y que toma como disparador un periodo específico del arte experimental en Argentina -entre 1961 y 1974- para seguir pensando los inagotables alcances del lenguaje. Y es el lenguaje, justamente, la materia que Arteca viene trabajando minuciosamente para configurar sus libros, que funcionan como registros precisos pero laterales, contundentes pero distantes, certeros pero desdibujados, de lo que podemos llamar lo Real.

La pregunta por lo Real

Me parece que la realidad, esa abstracción inabordable, está en el centro de la producción de Arteca. Cuando digo realidad, me refiero a las impresiones (esta palabra es clave) que de ella se hacen a lo largo de una obra donde se condensa la voz crítica, la ensayística, la espectadora, la narrativa, la periodística y la marginal. La que explora los bordes (y las grietas) de los hechos constituidos por los discursos sociales, políticos y culturales. En el periodismo o en el mundo editorial, a este tipo de obra se la suele etiquetar como inclasificable o experimental, palabras que sirven para esquivar el peso de un corpus que se destaca por moverse de forma simultánea y, como apunta Roberto Appratto en el prólogo del libro editado por Años Luz, “en los márgenes de la referencia, en la mirada oblicua sobre una circunstancia que libera otra historia, otra versión de lo mismo, salida de la impresión, del sentimiento, de la comunión estética con lo que está catalogado”. Dicho de otro modo: si la poesía de Arteca es compleja, es porque la realidad es compleja.

En busca del sentido perdido

Algo que me llama profundamente la atención en la obra de Arteca, entre muchos aspectos, es el trabajo sobre el sentido. Nunca se trata de uno solo, sino de múltiples que se van entrecruzando hasta llegar a lo que se podría caracterizar como: el momento de revelación donde el caos, aunque sea por un momento, se contempla ordenado. Pero, además, el sentido nunca se agota en el poema, sino que lo trasciende de manera que tal que uno, como lector, puede encontrar las marcas de una escritura que, como también señala Appratto, “opera desde una distancia que le permite ser autónoma sin olvidar el origen de su discurso”. Creo que, en definitiva, leemos a Arteca no sólo por la potencia de un proyecto que abarca más de 40 años de producción incansable y que se consolida como uno de los más originales de América Latina, sino porque, ante todo, nos devuelve, en palabras de Mario Montalbetti, la fe en el lenguaje.

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